Cuando tus amigos vienen a verte…


Algo que aprendí en los últimos años de mi vida es cómo de valioso es el tiempo. El tiempo es el bien más preciado de todo ser humano y me atrevo a afirmar rotundamente que no hay dinero que lo pague. Quizás esto forma parte de la mentalidad teutona, donde cada minuto es apreciado como el mayor tesoro del mundo. Sin embargo, en España nos dedicamos a trabajar, trabajar y trabajar y cuantas más horas extra hagamos, mejor. Las horas extra sin reconocimiento te sirven para mantener tu trabajo, ¡qué injusto! En Alemania aprendí a valorar el tiempo y, por ente, aprendí a regalar mi tiempo a aquellas personas que realmente sabían valorarlo. En toda la tediosa labor de compaginar doctorado con trabajo y vida social, tiempo era lo que me faltaba y tenía que decidir con quién y cómo invertirlo. Exprimía cada segundo con aquellas personas que me hacían sentir bien y me hice más celosa de mi tiempo y de mi libertad.

Con tiempo también quiero decir vacaciones. Cuando te metes completamente en la vida laboral y tus vacaciones son limitadas, también tienes que decidir cómo, dónde y con quién invertir esos días libres que te da el trabajo. Las vacaciones son el momento de desconexión y por muchos días libres que haya, nunca llegan a nada. Uno empieza a restar y se van en un segundo, después de guardar un par para pasar Navidad con la familia, algo muy típico de los que vivimos tan lejos y estamos esperando como agua de mayo ese momento. Por eso cuando un amigo, una persona cercana decide invertir un día, medio día, unas horas, una hora de sus vacaciones conmigo, me hace el regalo más grande del mundo.

Cuando decidí venirme a vivir a Colombia sabía que prácticamente no recibiría visitas. Dejaba una vida para empezar otra y la gente de mi vida anterior se mantendría pero en la distancia. Primero porque no todo el mundo está dispuesto a cruzar el charco - seguro que si me hubiera mudado a Nueva York tendría mi habitación reservada todas las semanas con visitas. Loca de mí, yo vine a Colombia, a Bogotá, ni si quiera a un sitio con playa. Si uno es sincero y no conoce Colombia, ni nunca oyó hablar de Colombia, las primeras asociaciones no son las más positivas que digamos. En segundo lugar ya no solo se trata de cruzar el charco, sino de la cantidad monetaria que uno tiene que desembolsar para poder venir. Y en tercer lugar, no es un viaje de dos días, pues entre la duración del viaje, el cambio horario y la adaptación se necesitan mínimo de 8 a 10 días.

Por eso, cuando le propuse a mi amigo David venir a verme, nunca esperé que la respuesta inmediata fuera sí, ni que lo hiciera tan rápido. Y es ahí donde te das cuenta de hasta dónde llega la amistad. Y hablando de tiempo, lo más importante era que estaba dispuesto a gastar días de sus vacaciones en venir a verme y el plan no era el más suculento del mundo, en parte porque yo tenía que trabajar. Aunque creo que la idea de volar a San Andrés, realmente acabó de convencerlo ;) Y es que, además hasta lo calculamos bien dentro de la ignorancia, llegamos a planear su viaje para una semana después y ya no habría podido venir por el COVID-19. 

La visita de David alegró mis días. Me hizo sentirme una persona especial. Mi amigo estaba regalándome su tiempo, estaba cruzando el charco, sin esperar grandes planes, grandes cosas. En realidad era solo que le mostrara mi amada Bogotá y mi amada Colombia tanto como pudiera, y así fue. Aunque él luego se hizo su escapadita privada mientras yo me regresaba a mi oficina a trabajar... :p

Por fin llegó el día y me sentí feliz. Alguien cercano estaba a mi lado en esta ciudad en la que me siento tan bien, pero al tiempo tan extraña. Vino cargado de pedidos y entre los pedidos, alguna sorpresa, una carta de una amiga, una taza de café de mi Kaffeebar Lisbeth en Saarbrücken y el delicioso chocolate Vego que tanto extraño. Nada más llegar le propuse cosas, planes rápidos y sin pausas y nunca dijo que no. Tenía que empezar por enseñarle la universidad, el barrio donde vivo, mi día a día. Me siguió. Lo llevé a mi oficina, lo dejé una hora solo porque tenía trabajo aunque era mi día libre y esperó pacientemente. Le di un tour por el campus y nos tomamos un zumo al final, sentados cual estudiantes en uno de los puestos de zumos que hay por la universidad. Ahí me confesó que me veía feliz y que sabía que mi frase de «en un año, vuelvo» no iba a ser verdad. Bueno, quién sabe dadas las circunstancias...

Y nos fuimos. Nos fuimos a San Andrés. Un deseo hecho realidad. Aterrizamos casi en el mar y ¡por fin volví a ver el mar después de Cartagena! Nos recibieron las palmeras, el calor, el ritmo caribeño. Estábamos en una isla en medio del océano, más cerca de Nicaragua que de Colombia y nos esperaba un largo fin de semana por delante lleno de aventuras. Y qué mejor que celebrar el viaje de David que tirando la casa por la ventana. Total, él pagaba en Euros y yo, casi ;)

Las aventuras fueron miles, los momentos, más. La playa, el mar, el carrito de golf, las puestas de sol, las piñas coladas y las fotos para el postureo, que quizás uno solo va al Caribe una vez :) Asi que… desde mi blog, solo decirte, ¡gracias, David! :)

Atardecer en San Andrés, marzo 2020.

Comentarios

  1. Hola Teresa

    Pasaba a decirte que es un placer leerte, gracias por trasmitir cosas tan buenas a través de tu mirada de Colombia... Gracias por compartir. Saludos desde Medellín ;)

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    1. Con mucho gusto, Juan Camilo. Gracias por tus bonitas palabras :)

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