Los primeros días en Bogotá


Llegar sola a una ciudad «desconocida» y quedarte a vivir, también sola, nunca es fácil. Lo experimenté ya un par de veces, la primera en Soria y, aunque fuera España, la morriña salía por cada poro de mi piel. Seguí por Salzburgo, donde los primeros meses fueron bastante complicados, a diferencia de Bremen, donde, por el contrario, los últimos meses fueron en los que peor me sentí, quizás por el invierno tan frío y eterno que tuvimos. Finalmente llegó Saarbrücken. Hace 9 años estaba intentando conseguir amigos, adaptarme a Alemania de nuevo y pensando: «bueno, en seis meses más, me vuelvo a España». Ingenua de mí.

Esta es la cuarta vez que empiezo de cero, pero por suerte tenía compañía: mis padres. Ellos me acompañaban y yo asumía la ardua tarea de mostrarles que Colombia no es como lo cuentan, que es un país del que te puedes enamorar y que a veces, cuando llegas, ya no te quieres volver (¡cuánto escucho esta frase! ¿Será verdad?…). Y es que los primeros días no son fáciles, reitero. Los primeros días se traducen en papeleos, burocracia y más papeleos, pero que no tuve que hacerlos sola, al menos tenía a alguien que me acompañara hasta los diferentes organismos públicos y se alegraba tanto o más que yo cuando salía en la mano con los papeles que iba a buscar: mi madre. Y ya no digamos la cara de alegría que teníamos las dos cuando me vio salir con la cédula de extranjería, algo así como el DNI español para los extranjeros.

Nos levantábamos a las 6 prácticamente todos los días, de hecho podríamos resumirlo como la rutina que adoptamos en los primeros 6 días. Tomábamos un «tinto» (café americano en Colombia) y nos íbamos a los diferentes organismos para arreglar todo de manera que no fuera una española ilegal en Colombia. Y mi madre siempre estaba conmigo aunque nunca la dejaban entrar para acompañarme en las largas horas de espera. Recuerdo que para hacer la cédula tuve que esperar más de cuatro horas, de hecho nos dio el mediodía allí y ninguna de las dos comió nada. Ella esperaba fuera y cuando me daba cuenta, ya tenía amigos en los alrededores y de camino a casa me contaba las historias de las que le habían hablado. Otras veces se dedicaba a pasear por la zona, descubrir lugares, ver supermercados y buscarme la colonia de bebés que tanto uso y que en la maleta solo me cupieron dos botellas. Tengo que decir también que durante mis días de papeleos del visado aprendimos mucho de la situación de Venezuela y conocimos muchos venezolanos. Es increíble el fenómeno migratorio que se ha venido produciendo en el país con el país vecino. También pude ver que en Colombia hay chinos y, ¡cómo no!, españoles. 

Por fin estaba registrada, por fin tenía mi cédula y por fin podía ir a darme de alta a una EPS (Empresa Promotora de Salud). Desde el principio me recomendaron que lo hiciera en Sanitas. Lo que no sabía era que me iban a poner tantos porqués y que nuestros viajes a Sanitas para luchar por un cupo en su sistema iban a ser tan infinitos e incasables. Parecía que no iba a tener suerte y el tiempo apremiaba: necesitaba mi afiliación para que me pudieran hacer el contrato en la Universidad. No suelo cesar al primer «no», pero después de muchos «nos», de numerosas visitas a diferentes centros de Sanitas, de las que algunas nos sirvieron a mi madre y a mí para ver que hay médicos colombianos muy guapos, daba por perdida la batalla, no conseguí afiliarme. Creo que esta fue una de las peores situaciones que viví en Colombia hasta ahora. De hecho, en los otros lugares la gente te ayudaba, al menos eran amables y aunque estuvieran desbordados contestaban pacientemente a tus preguntas. Al final descubrí que había otras opciones como Compensar y que era tan sencillo que te aceptaran como uno de ellos. En el momento en el que la chica que me atendió pronunció las palabras «Listo, en 5 días ya está activa en nuestro sistema» lloré, no me podía creer que por fin iba a poder tener mi contrato. Y bueno, que mis vacaciones en Colombia estaban a punto de terminar y la vida laboral empezaba. 

Solo faltaba darme de alta en el Consulado Español, algo que nunca había hecho en Alemania y que con el caso de Iris y las llamadas del Consulado Español de Frankfurt, me quedó claro que estaba infringiendo una ley (¡madre mía, en ese momento me sentí una delincuente!). Y allí nos fuimos mi madre y yo, como no, y también muy temprano, pensando que nuestros compatriotas nos iban a recibir calurosamente. Pero no, no fue así. Entramos en un Consulado en el que pensábamos que sería como «sentirse en casa» para sentirnos extrañas, con un trato de todo menos amable, en el que parecía que éramos tontas y analfabetas y nos estuvieran haciendo el favor, bueno me estuvieran, de registrarme por lástima. Sentí indignación y vergüenza ajena. Por suerte nunca pagué impuestos en España porque si no me sentiría todavía peor, ciertamente estafada, de que con mis impuestos se contribuya a pagar a personas como las que me atendieron en el consulado. Lo bueno es que me pusieron un sello en el pasaporte: consta que vivo y trabajo en Colombia, por lo que cuando vaya a España puedo solicitar que me devuelvan impuestos. En ese momento sentí que podría ir a Zara y pedir el tax free y así mis compras en Casa Amancio me saldrían más económicas y podría llevarme una prenda extra de regalo por los impuestos ahorrados. Totalmente un sueño. De algo tiene que servir estar tan lejos de la madre patria, ¿no?

Y por fin estaban hechos todos los papeleos, por fin podía tener mi contrato y con suerte me pagaban mi primer sueldo a principios de marzo, mi primer sueldo en pesos colombianos… Solo quedaba algo: ¿y dónde voy a vivir?






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