Cartagena, un sueño hecho realidad


Con esta era la cuarta vez que venía a Colombia en aproximadamente año y medio. Casi siempre que venía a Colombia me iba a Bucaramanga y aprovechaba los fines de semana para visitar Bogotá. Creo que debería escribir un post sobre cómo la ciudad me conquistó, quizás hasta ya antes de aterrizar por primera vez en El Dorado. Bueno, volviendo al comienzo, mis tiempos libres en Colombia los solía pasar en Bogotá. La ciudad es inmensa y la oferta que hay es todavía más inmensa. Siempre me hacía listas para no olvidar lo que quería hacer y antes de viajar indagaba en Instagram para ver qué más podía descubrir, mejor dicho, qué restaurantes veganos podía conocer o qué actividades culturales había a las que podría acudir. 

La primera vez que vine a este país estuve a punto de irme a Cartagena y a Santa Marta aprovechando unos días libres que tenía en medio de mi trabajo. La idea era hacer un pequeño viaje con una mochila de 2 kilos a cuestas durante máximo cuatro días, pero algo dentro de mí me dijo que no y en las demás idas y venidas a Colombia ya ni se me pasó por la imaginación o más bien rechacé la idea de inmediato, casi antes de que se me pasara por la imaginación. Le dije que no porque sabía que volvería a Colombia y volvería con mis padres.

El sueño de mi padre siempre fue ir a Cartagena y mi sueño se convirtió en ir por primera vez allí con él. Un poco cursi, quizás, pero me apetecía. En todos mis viajes siempre pienso en mis padres, en qué haría si estuviera en ese lugar con ellos o qué me gustaría enseñarles de ese nuevo rincón y ya estaba un poco cansada de desear y no hacer, por lo que Cartagena debería convertirse en el poder hacer realidad un sueño. Y así fue. En cuanto decidimos que me acompañarían en mi mudanza a Colombia, lo primero que hicimos fue reservar unos días para irnos a descubrir Cartagena. Tengo que reconocer que preparamos el viaje a último momento, aunque es algo que hago todas las veces que viajo. Por suerte, conocí a un chico (historia muy larga, que puede servir para otro post…) que era un loco enamorado de Cartagena y se había hecho una guía con cosas que hacer en Cartagena, una guía muy casera y muy local, de esas que me gustan a mí. Esa fue básicamente la que nos sirvió de referencia y, también, las páginas de la guía de Colombia que los Reyes le trajeron a mi padre y que ojeamos en la hora de avión que dura el trayecto desde Bogotá a Cartagena.

El vuelo a Cartagena , como se puede apreciar, es relativamente corto. Creo que los tres estábamos muy nerviosos. Íbamos a cumplir un sueño y yo me sentía muy realizada como hija de poder acompañar a mis padres a Cartagena, pero más de poder compartir algo tan bonito con ellos, especialmente con mi padre. Aterrizamos y nos invadió el calor: ¡qué gusto! ¡Estábamos en el Caribe! Y estábamos conociendo Colombia juntos. El panorama era de lo mejor: cielo azul, palmeras, acento costeño… Al principio incluso pensé que la gente que trabajaba en el aeropuerto eran cubanos o dominicanos que se habían venido a trabajar allí, luego ya me di cuenta de que como estábamos en el Caribe había una cierta similitud, no solo física, sino especialmente la del acento.

Llegamos a nuestro hotel. Un hotel muy de playa , nos faltaba la pulserita del todo incluido, que nos trasladó un poco a nuestras vacaciones en La Manga. En cierto modo el lugar nos recordaba a Murcia. Cartagena tenía muchas similitudes con nuestra Cartagena, de hecho dicen que recibió el nombre por la similitud que guardaba con la ciudad española. Ahora es mayor porque en base a esa similitud construyeron la ciudad y la ciudad amurallada está invadida de casas coloniales al puro estilo español. El calor y la playa nos hizo sentir propiamente de vacaciones. Hacía mucho tiempo que no nos relajábamos tanto y que mis padres no estaban como locos por ver monumentos y recorrer la ciudad. Esta vez iba todo más lento, más relajado: mañanas de piscina (porque las playas no son el punto fuerte de Cartagena), comida relajada y por la tarde un poquito más de sol para reponer vitaminas antes de salir a pasear las calles empedradas de la ciudad amurallada.

Hicimos muchas cosas, nada planeado, nos dejábamos llevar. Ahí estaba el sentido de estar de vacaciones. Descubrimos juntos sus preciosas calles, nos perdimos en sus barrios, buscamos restaurantes deliciosos, observamos el culto por la belleza de la mayoría de las mujeres colombianas que estaban en la playa, comimos pescado, bebimos vino, nos bañamos en el sol, paseamos por la playa, nos tomamos limonada de Coco en la Plaza Santa Teresa, subimos juntos al Castillo y me volví con unas alpargatas cartagenenses que cada vez que las pongo, me siento como volver al Caribe.

En definitiva, cumplí un sueño, ¡fui con mi padre a Cartagena! Y nos volvimos enamorados… aunque mi amor tan puro e intenso por Cartagena se esfumó cuando le fui infiel con la isla de San Andrés, pero eso para otro día :)

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