La vivienda


Tengo que confesar que hacía ya unos meses que había empezado a mirar pisos y habitaciones en mis ratos libres para ir tanteando el mercado inmobiliario colombiano y saber qué podría permitirme alquilar con mi sueldo. La verdad es que hay cosas realmente bonitas, pero lo que tienen de bonitas, así lo tienen de caras. Principalmente predominan los pisos sin amueblar aunque, a diferencia de Alemania, incluyen cocina pero no la comunidad, lo que aquí llaman administración. Y como los edificios tienen conserjes, vigilancia y zonas comunes bastante amplias, el precio de la administración aumenta considerablemente el coste del alquiler. De hecho, llegué a una conclusión: «cuanto más bonito, más caro».

Llegar a un país nuevo, tan lejos de la gente que quieres siempre es un reto y yo me planteé este reto como una prueba. Me vine a Colombia, entre otras cosas, a cumplir un sueño y si no me gustaba este sueño sé que siempre podría volverme, por eso la opción de alquilar un piso caro y sin amueblar se me hacía cuesta arriba, en especial por el hecho de tener que invertir mucho dinero en los muebles y si me iba al mes, ¿qué hacía con ellos? o mejor dicho, ¿qué me iban a dar por ellos en la reventa? En definitiva, la opción de alquilar una habitación me parecía más atractiva, al menos para mi presupuesto. 

En Alemania ya había mirado y contactado a algunas personas que alquilaban habitaciones. Me di cuenta de inmediato que cuando ponían una habitación para alquilar al segundo ya estaba fuera de mercado. Eso me hizo pensar de nuevo en la inmensidad de Bogotá, en la gran demanda que hay para alquilar una habitación, la poca oferta de habitaciones que se encuentra y en lo difícil que iba a estar encontrar algo bonito, como dicen aquí, «chévere». Le dejé el contacto a un par de personas y les dije que llegaría el 7 de enero y que los llamaría nada más llegar para ver si tenía suerte y seguía disponible la habitación. La verdad que no fue así. Solo una estaba libre y quedaba en el norte de la ciudad, al lado de uno de mis barrios favoritos y que tan buenos recuerdos me trae de una de mis primeras visitas a Bogotá, pero muy lejos del trabajo. En Bogotá, si quieres ser feliz, tienes que vivir cerca del trabajo o te eternizas llegando a la oficina y vives más en un bus que en tu casa. De todos modos, pese a la distancia, tenía que ver el piso porque era un sueño: ¡el edificio hasta tenía gimnasio! Muy similar a nuestra casa en Alemania, bueno, ahí se podía bajar al jardín a hacer freelectics o salir corriendo hasta el río que quedaba a un paso… 

Al día siguiente de llegar quedé con el chico que alquilaba la habitación. En principio íbamos a quedar a las 4 pm, por lo que pensé que sería buena idea ir con mi madre a comer al Virrey y enseñarle ese lugar que tanto me gusta. Cuando nos íbamos a poner de camino al piso me llegó una llamada del chico, que mejor quedásemos un poco más tarde porque tenía que arreglar unas cosas y luego se iba. En realidad no entendí muy bien el mensaje, pero acepté. Al fin y al cabo: yo quería esa habitación. Cuando nos volvimos a planear un poco la tarde y  cuando se acercaba la hora, me volvió a llamar para atrasar la visita, que lógicamente acepté. Repito: yo quería vivir en ese lugar, el edificio tenía gimnasio, estaba super nuevo y además tenía una terraza muy bonita para hacer fiestas. No obstante en ese momento me di cuenta de que esto no era Alemania y eso de la puntualidad no es el fuerte del país, pero sí lo es la espontaneidad y el cancelar o modificar citas en el último momento. Al final esta fue la última vez que cambió la hora y a las 7 pm estábamos llegando al lugar de destino. Las ansias me podían pero algo dentro de mí no las tenía todas conmigo. Ahí empecé a pensar en la conversación que había tenido unas semanas antes con el chico por whatsapp: demasiadas restricciones, no podía llevar amigos, no visitas y hasta iba a poner cámaras de seguridad en las áreas comunes. Esto en su momento ya me había hecho reflexionar: ¿dónde se quedaba mi privacidad?, ¿ya no podía salir en toalla de la ducha a mi habitación si estaba sola en el piso?, ¿podría vivir sintiéndome vigilada 24/7?. Y en el momento que entré en el lugar, todas esas dudas volvieron a mi cabeza.

No voy a negar que el lugar era muy bonito. El edificio era totalmente nuevo, de hecho la conserjería parecía más un hotel de 4 estrellas moderno y minimalista que la conserjería de un edificio. El piso era igual que en las fotos. Todo estaba nuevo del paquete. Y el chico era más o menos igual que cuando hablamos por whatsapp. Me volvió a recordar todas las restricciones y normas que había, incluso con alguna más. Sentía que había algo que no me cuadraba, había cosas que no encajaban, quizás no éramos compatibles enérgicamente hablando y con la belleza no se come, y por muy bonito que fuese el apartamento, algo dentro de mí me decía que no, no debía quedarme allí. Además: ¡no podría vivir en un lugar vigilada por cámaras todo el santo día! Y el segundo problema era que quedaba relativamente distante de la universidad. Tendría que coger un transmilenio todos los días, primero caminar hasta la parada como tres calles, esperar al transmi y llegar a la Nacional. De ahí todavía quedaba el camino hasta la oficina: desde la parada caminando eran como 30 minutos hasta mi oficina. Sí, el campus es bastante grande. ¿Estaba preparada para pasarme media vida viajando en transmilenio para llegar al trabajo? La respuesta era no. No era el lugar donde quería vivir.

No lo voy a negar, me vine muy desmotivada a casa. Mis padres no decían nada, principalmente no querían influir en mi decisión de coger o no coger esa casa, pero a veces un silencio dice más que mil palabras y la imagen de ver a mis padres cabizbajos y callados fue la respuesta a todas mis preguntas. La casa con la que soñé se acababa de esfumar y no tenía un plan B. De hecho, había visto un estudio diminuto al lado de la universidad, del que con seguridad, de haberme mudado allí, habría acabado mudándome a las dos semanas. Un poco incómodo poner la cama delante de los hornillos de la cocina y vivir perpetuamente en menos de 20 metros cuadrados.

Al día siguiente tenía que ir a hacerme la cédula de extranjería. Teníamos que levantarnos muy temprano. Los ánimos seguían por los suelos… No sabía cómo encajar mi primera derrota. Bogotá 1 - Teriña 0. ¿Por qué siempre nos quedamos con las cosas más duras de mudarse a una ciudad? Entre ida y venida también nos llegó una noticia muy triste desde el otro lado del charco. El día parecía que no podía sonreír aunque hacía sol y había logrado hacer todos los trámites para conseguir la cédula y me la entregaban en una semana (check! Casi iba a empatar con Bogotá). Después de una larga espera en la oficina de Migración Colombia, con larga espera me refiero a unas cuatro horas, nos fuimos a casa. Sin comer. Seguíamos desmotivados. 

En ese momento una lucecita se encendió dentro de mí: cuando estuve en Bogotá en enero de 2019 alguien me llevó a cenar a un lugar muy bonito cerca de la «Zona G» (bueno, yo por aquel entonces pensaba que era la Zona G, es decir, la zona de la Gastronomía para los mal pensados, ahora dos meses después descubrí que la zona se llama «Quinta Camacho» y se caracteriza por los restaurantes tan deliciosos que hay en todas las esquinas). Pensé que sería una buena idea llevar a mis padres allí: el restaurante era de estilo mediterráneo, con olivos en la terraza y la decoración era un híbrido entre lo tradicional y lo moderno, tirando un poco a «pijo hipster». Sin duda, era una buena opción para conseguir un minipunto en mi misión de que mis padres se enamoraran de Colombia, tal y como lo estaba yo.

Nos pusimos guapos, nos perfumamos y pedimos un Uber. Decidimos hacer tiempo sentados en la conserjería. Así llegábamos más rápido cuando la aplicación nos notificase que el Uber había llegado. Casualmente en la conserjería estaba la administradora de la finca y, como buena colombiana, empezó una conversación con nosotros. Inocentemente le pregunté si conocía por la zona algún piso que se alquilara amueblado o, incluso, alguna habitación. Esto último se lo dije con la boca pequeña porque me parecía una posibilidad entre un millón, igual que encontrar una aguja en un pajar, en que hubiera algo para mí así, en la zona y tan cerca de la Nacional: ¡podría ir caminando al trabajo! Y ella, sin pensárselo dos veces me dijo: «Ah sí, aquí se alquila un cuarto. La señora está de viaje pero un amigo le está enseñando el apartamento a un chico. Si quiere lo aviso y sube a verlo». ¡No me lo podía creer! Primero: un lugar cerca del trabajo, segundo: una habitación, tercero: estaba amueblada, cuarto: podía verla en ese momento, quinto: estaba en el mismo edificio en el que estaba con mis padres, trasladar mi cosas no podría ser más fácil. ¿En serio me estaba pasando a mí?

Cancelamos el Uber y subimos a ver el piso, bueno la habitación. Todo pasó muy rápido. El piso estaba justo debajo de donde nos estábamos quedando nosotros. Todo era igual, solo que una planta más baja. Tenía de todo. ¡Tenía un baño para mí sola! Había una cama, el colchón parecía bueno y ya me había acostumbrado al ruido de la 30, por lo que eso era lo que menos importaba. Nos sentamos en el salón, un poco oscuro, el señor no era capaz de encender la luz y nos tenía que valer con la de la cocina, pero no nos importó. Y llamó a la señora que arrendaba el apartamento, que estaba en EEUU visitando a su hija. Solo hicieron falta unas pocas palabras para que me dijera: «si quieres el cuarto, es tuyo». Yo, abrumada, le pedí dos días para pensármelo. Y salimos de allí con la sensación de haber encontrado algo pero también con la calma de reflexionarlo y no tomar decisiones impulsivas o precipitadas, algo había aprendido en Alemania.

Nos fuimos a cenar y creo que la visita al piso nos alegró el día. Como no, a mis padres les encantó el lugar y como estábamos tan felices, mi padre pidió una botella de Rioja. Estábamos degustando un Rioja normalito en Bogotá, que costaban unas cuatro veces más que en España, pero no nos dolió el dinero del vino, sino que la felicidad de tener un posible lugar donde alojarme, en un edificio que nos encantaba y tan cerca del trabajo, hizo que esa noche se convirtiera en una de las más bonitas que compartimos los tres en Bogotá. Lo que había empezado como un día duro y muy triste, acabó siendo una noche para recordar. Dos días después llamé a la señora para decirle que me quedaba con la habitación. Y sí, nos fuimos a Cartagena más felices que tres codornices. La posibilidad de dormir en la calle ya no la contemplaba.




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