La llegada


Hoy, prácticamente dos meses después de mi mudanza a Colombia, me decido a empezar con el blog por petición popular, bueno, básicamente por idea de Mario.

La verdad es que me costó decidirme, quizás por el miedo a que nadie le interese pero, si soy honesta, me mueve más el hecho de que mis amigos, y aquellos que quieran leerlo, estén informados de cómo me va y qué hago por aquí y algunos dirán: y saber cuándo te vuelves :) La primera idea fue publicar todo en Instagram, pero es difícil saber no sobrepasar la barrera de los posts-fotos-stories de tal forma que Instagram no se convierta en una ventana de tu vida, de tus movimientos las 24 horas y perder tu intimidad y querer convertirte en un amago de "influencer millennial" que tan de moda está ahora. Además esto no va de “likes” sino que va más bien de las “aventuras de Tere en Colombia” (creo que muchos se imaginan mi estancia aquí así).

Como dije al comienzo, hace casi dos meses que llegué a Bogotá acompañada de mis padres. Aunque creo que esta aventura no empezó aquí. Creo que empezó el 16 de diciembre cuando mi padre y yo nos pusimos rumbo de Saarbrücken a Foz, dispuestos a pasar dos días enteros juntos y comenzar un viaje padre-hija que nunca habíamos tenido y que creo que ninguno de los dos vamos a olvidar. Y pensar en esto me hace sentirme afortunada, tanto por el valor de mi padre de venirse solo a Alemania (con el miedo que le tiene a los aviones), como por el de acompañarme en mi despedida a una ciudad que me dio y aportó tanto, malo y bueno. Y claro está que mi padre también tiene su valor por querer hacer solo un viaje de 1.700 kilómetros conmigo, con el coche cargado hasta los topes y una gran aventura por delante.


Aunque si pienso en esto, la aventura empezó antes. Empezó la noche anterior cuando mis amigos me convencieron para guardar todos juntos las cosas en mi coche, cosa a lo que me negaba pero tengo que confesar, Abi, que me salvasteis la vida. Y no fue fácil hacer el tetris y que cupiera todo (de hecho algo se quedó...) pero en parte el culpable fue mi padre que se empeñó en comprar vino francés y crémant para llevárselo todo a casa... (quizás preveía lo del Coronavirus y quería tener reservas). Recordando esto, me lleva a las despedidas previas que obviamente ya marcaban el comienzo de la aventura, aunque no fuera muy consciente. De hecho creo que sigo sin ser consciente de que me mudé al otro lado del charco, a 6 horas de reloj de diferencia de mis padres (que pronto serán 7) y a más de 10 horas de avión.


Dejar Saarbrücken me hizo ver que realmente los 8 años y medio que viví en esta preciosa ciudad no habían pasado en vano. Dejaba muchos, muchos amigos, muchos recuerdos, muchas cenas en el Bali. Me iba con unos padres alemanes, incluso con un hermano alemán, con una familia a española-alemana, con un ángel que me cayó del cielo cargado de pan sin gluten y cafés esporádicos los domingos por la mañana, con una sobrina que me robó el corazón, con un hermano indonesio que me alegraba con canciones y tempeh, con una amiga que no se separó de mí desde la primera semana que llegué a Saarbrücken y que decidió seguir acompañándome a pesar de la distancia y con una compañera de piso que me regaló la despedida más sincera que nunca me habría podido imaginar. Esto solo por mencionar a unos cuantos porque si me pongo a detallar todo, creo que llenaría el blog nada más empezarlo y no quiero dar nombres por eso de la protección de datos ;) Además me pondría más melancólica y escribir este post ya está removiendo muchos sentimientos.  Claro que también muchas personas se habían quedado por el camino, pero pese a todo marcaron mi vida en Alemania y no son fáciles de olvidar y algunas de dejar marchar.


Me iba triste de Saarbrücken pero muy convencida de lo que quería hacer. Quería vivir mi aventura colombiana. Sí, lloré, se me cayeron lágrimas pero las ansias de lo nuevo me podían. Sentía que me lo merecía después de los últimos años intentando terminar el doctorado y compaginando trabajo-viajes por trabajo-viajes por placer-vida social-doctorado. Era como mi premio por terminar. Y así seguimos nuestro camino. Papi nunca me dejó conducir. La verdad es que la primera etapa del viaje se pasó muy rápido (quizás también por todo lo que dormí. Por fin después de mes y medio loco conseguía relajarme). Y así, ya de noche,  después de recorrer una buena parte de la geografía francesa, hacer algunas paradas y meternos en Tours para echar gasolina, llegamos a Burdeos.


Yo nunca había estado en Burdeos y mi padre me enseñó la ciudad. Él la conocía porque era donde solían parar mis padres cuando venían en coche a Alemania. Mi padre me estaba enseñando la ciudad con mucha ilusión. Caminamos del hotel al centro (¡mi padre caminando y sin quejarse!) y nos adentramos por una de las calles principales en busca de un restaurante que solía estar abierto hasta tarde para que yo pudiera cenar. Y bueno, accedí a cenar a las mil de la noche, saltarme el ayuno intermitente, comer pollo y tomar vino. Mi padre, sin ninguna duda, siempre me lleva por el buen camino, estaba en Francia y no me podía decir que no a un buen rosé ;)


A la mañana siguiente y siguiendo nuestro plan establecido, nos pusimos rumbo a Foz. Ya era la última etapa del camino y no sé cuál de los dos tenía más ganas de llegar. He de decir que mi papi fue un súper conductor e incluso llegamos antes de la hora que nos marcaba el navegador. Al pasar la frontera y sentirme en España empecé a respirar de otra forma: de repente salió el sol, de repente estaba en casa. Parece mentira lo que puede cambiar todo solo con cruzar una frontera. Y gracias a que llegamos tan temprano pude irme a Vilalba (con el coche aún súper cargado) a abrazar a mi madre de sorpresa. Sin duda necesitaba ese abrazo, era como decir: "mami, lo hice, me fui, ¿y ahora qué?".


Y después de pasar la Navidad en casa (sí, donde estén ellos siempre será mi casa) y preparar mi mudanza, nos pusimos en camino: Colombia nos esperaba. Y una vez más, mis padres estaban ahí, dispuestos a acompañarme sin cuestionarme, sin preguntarme por qué, por qué había elegido un país que dicen ser uno de los más peligrosos del mundo, por qué tan lejos de casa, por qué dejar la medio estabilidad que tenía en Alemania y empezar de nuevo al otro lado del mundo y también la pregunta que más me esperaba pero que nunca llegó:  "¿por qué te llevas tantas maletas?". Y sin esas preguntas de por medio (quizás su voz interior se las hizo en algún momento…) nos pusimos rumbo a Madrid.


Cada cual de ellos dos fue más valiente. Nos fuimos en dos coches porque no cabía todo nuestro equipaje en uno. Salimos el día de Reyes por la tarde. Decidimos que la mañana y el mediodía nos lo dedicaríamos a nosotros y a mis abuelas. Comimos todos juntos en Vilalba como cuando era pequeña. Las despedidas no fueron fáciles. Mis abuelas se quedaron llorando, yo también lloré. Me iba y las dejaba después de casi tres semanas juntas. Esta vez sí me iba lejos, muy lejos y quién sabe por cuánto tiempo, pero no me iba sola: me iba con mis padres, estaba protegida y el dolor no era tan fuerte. Y creo que a ellas también las tranquilizaba eso.


Y así llegamos a Madrid, casi a las 12 de la noche. Nuestro vuelo salía a las 8 de la mañana y teníamos que estar en el aeropuerto a las 5. Mi padre como buen gallego no se conformó con quedarse en el hotel y tuvimos que salir a buscar un lugar donde hubiera Estrella Galicia (la última hasta volver a España, pensábamos). Después de una “mil nueve” y dos infusiones nos fuimos a dormir. Pronto teníamos que levantarnos. Y sonó el despertador. Mi padre se levantaba a las 4 de la mañana, algo insólito. Una vez más me volvió a sorprender. Los dos me sorprendieron. Parecían dos viajeros demasiado frecuentes, sin miedo, decididos, llenos de ilusión, dispuestos a pasar 11 horas metidos en un avión y llegar a un país al que todos calificaban como tercer mundista y peligroso (aviso: antes de juzgar, por favor, veánlo con sus propios ojos). Mi padre era el más feliz a pesar del miedo que le daba volar, reitero, y ¿cómo podía ser eso?


Buscamos el mostrador de Avianca y entregamos las maletas. La señora del check-in fue un amor, o sea, pudimos llevar todo lo que teníamos o tradúzcase como que de algo sirvieron las millas y la tarjeta de viajera frecuente que me gané en los últimos años con mis viajes "por trabajo". Pasamos el control y cuando nos dimos cuenta, después de un café en Starbucks (¡cómo no!), estábamos en el avión y Colombia nos esperaba. Colombia, Colombia, Colombia, esa era la palabra que más pasaba por mi cabeza y mi corazón empezaba a latir cada vez más fuerte y una sonrisa se me dibujaba en la boca.


Un millón de películas después, unas cuantas páginas de las Hijas del Capitán, unas cuantas risas, un par de gafas rotas (literal y no las mías, menos mal), un azafato encantador que nos daba muchas galletas y fruta y cero horas de sueño, empezábamos a descender y por fin podía volver a verla: Bogotá. Volvía a ver esa imagen desde el cielo, esta vez de día. Cuadrículas inmensas e infinitas de casas, las montañas a los lados, la contaminación se veía al fondo y el encanto de la ciudad, el que en agosto de 2018 me conquistó, seguía latente.  Aterrizábamos en el Dorado y sí, eran las 12 del mediodía y teníamos todo un día por delante. Mi aventura colombiana com
enzaba oficialmente y mi misión de que mis padres se enamoraran tanto de Bogotá como yo, también.



Parte de la inmensidad de Bogotá desde Monserrate

Comentarios

  1. Colombia queda en el emisferio norte del planeta tierra. Un poquito al norte de Ecuador. Pero sigue siendo suramericana con toda.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog